
Ya hace un par de meses, parece que fuera un siglo. Lisboa no está tan lejos como hubiese querido, pero no me alcanzó para más. Llegué pensando en marchar. Trabajar de sol a sol. Seguir guardando. Pero tengo una ventana que da al mar, el sol de poniente entra cada tarde en mi casa y la foto del Río de la Plata se está opacando.
Cada día un poco, el recuerdo de lo que pasó se desgasta. Pero de vez en cuando tu corazón se me aparece. Hay noches que me despierto y lo veo revolotear a mi alrededor como un moscardón. Otras tiene dos patas y camina como un pollito de hojalata. Una vez apareció ensangrentado y coronado de espinas. El final del sueño es siempre el mismo. Cojo un matamoscas y espachurro tu corazón de un golpe. Es curioso, nunca he tenido un matamoscas. Ni tú tuviste nunca corazón.
Cada día un poco, el recuerdo de lo que pasó se desgasta. Pero de vez en cuando tu corazón se me aparece. Hay noches que me despierto y lo veo revolotear a mi alrededor como un moscardón. Otras tiene dos patas y camina como un pollito de hojalata. Una vez apareció ensangrentado y coronado de espinas. El final del sueño es siempre el mismo. Cojo un matamoscas y espachurro tu corazón de un golpe. Es curioso, nunca he tenido un matamoscas. Ni tú tuviste nunca corazón.
Por Raquel Míguez
0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada